Este blog es dedicado a las familias católicas y a quienes buscan realizar el llamado a la santidad viviendo en plenitud el don de la vida a través de su propia vocación como hombres y mujeres, padres de familia, abuelos, jóvenes y niños. Los enlaces y temas ofrecidos son recursos considerados como herramientas para la vida cristiana. Esperamos en Dios que les sea de alguna ayuda. Que Dios bendiga a nuestras familias.







domingo, 19 de febrero de 2012

Reflexión del VII Domingo del Tiempo Ordinario - Jesús y el Paralítico




"Hijo, tus pecados te son perdonados" (...)
Yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa".
Mc. 2, 5.11

    Jesús llegó a Cafarnaún a casa de Pedro y la noticia corrió por todo el pueblo. Se empezó a invadir aquella casa de toda clase de jente que venía de todas partes. Ciegos, sordos, mudos, mancos, rencos, mochos, enfermos, moribundos, endemoniados, deprimidos, acongojados, necesitados, viudas, pobres y curiosos. Mientras Jesús enseñaba, la jente seguía llegando y la casa se seguía llenando, hasta que ya no hubo lugar adentro. El gentió se apretaba queriendo estár cerca de Jesús de Nazaret. El calor en la casa era intenso, y el olor de tantos que habían caminado kilometros, oprimía cada respiro. Cualquier claustrofóbico hubiera salido gritando de ese lugar. Afuera la jente se acumulaba esperando la oportunidad de ver o escuchar algo. Todo mundo empujaba y pisaba por todos lados. Aquello parecía doce de diciembre.

    De repente, mientras Jesús hablaba, un ruido de arriba acompañado de pasos y voces, interrupió el momento. Un desesperado movimiento de manos abrió un hueco en el techo de la casa. Los rayos de la luz del día empezaron a penetrar toda la sala en medio de polvo y pedacera que caía. Todos miraron hacia arriba, y de aquel traga-luz improvisado bajaba una camilla. Lentamente, como si fuera un mueble fino y caro,  como si fuera una cuna con un bebé pequeño y delicado, bajaba una camilla, y en ella, acostado e inmovil, un hombre paralítico.

   Jesús, admirado por la fe de aquellos hombres que se atrevieron a hacer aquel hueco de esperanza en el techo de la casa de Pedro, le dice al paralítico, "Hijo, tus pecados quedan perdonados".
  
   Los compañeros del hombre pudieron haber pensado, "¡Jesús, no te lo hemos traído para que lo perdones, lo hemos traído para que lo sanes!".

   Para esto, algunos escribas ya habían condenado en su interior las palabras de Jesús, pensando, "¿Quién se cree que es? ¡Solo Dios puede perdonar los pecados!".

   Aquellas palabras tan directas de Jesús tuvieron que haber penetrado y transformado el corazón de aquel paralítico. Como las palabras del sacerdote cuando al levantar la mano nos da la absolución en el sacramento de la confesión. Son palabras que transforman el alma.

  Jesús, que vino a morir por nuestros pecados, aunque nunca pecó, conoce la opresión que el pecado puede tener sobre el alma. Porque la parálisis del cuerpo, causada por fallas del sistema nervioso o muscular, no se puede comparar con la parálisis del alma causada por el pecado. El pecado empieza lentamente a condenar y a paralizar el alma, limitando los movimientos del Espíritu de Dios en la vida. Poco a poco se va perdiendo la fuerza en la práctica de las virtudes y las buenas obras. Hablo de las buenas obras por amor, no por apariencia. El pecado va pesando cada vez más y más sobre la conciencia hasta que esta se siente indigna y se aleja de Dios; y es aquí donde se sufre. No hay movimiento hacía Dios, y no hay nada más doloroso y dañino para el alma que estár lejos de Dios y en desharmonía con su Creador.

   Por eso, lo primero que hace Jesús con el paralítico es liberarlo de su pecado. Rompe las cadenas de la opresión del alma, devolviendole al paralítico la fortaleza a su espíritu. Entonces cuando Jesús le dice al paralítico, "Levantate, toma tu camilla y vete a tu casa.", el paralítico cree y se levanta. Ya había sido liberado su corazón de la duda, el recentimiento, la indignación y la tristeza. Todo ese mal fue reemplazado por la misericordia del Todopoderoso. El Todopoderoso que lo puede todo en todos.

  Te invito en este momento a hacer una pequeña oración y le presentes a Jesús tu parálisis. En otras palabras, aquello que no has hecho o no has podido hacer por falta de fe, de confiansa en Dios o confiansa en tí mismo(a).

¿Qué te detiene?

¡Anda, levantate, toma tu camilla y sigue adelante!

miércoles, 25 de enero de 2012

La Conversión de San Pablo


"Pablo iba de camino, cerca de Damasco; de repente, una luz que venía de cielo le envolvió con su claridad " (Hch. 9,3)

San Fulgencio de Ruspe (467-532), obispo en África del Norte
Un sermón atribuído, n° 59 Apéndice; PL 65, 929

    Saulo fue enviado al camino de Damasco para volverse ciego, ya que si se queda ciego, encontrará el verdadero Camino (Jn 14,6)... Pierde la vista corporal, pero su corazón es iluminado, para que la verdadera luz brille a la vez en los ojos de su corazón y en los de su cuerpo... Es enviado a su interior, para buscarse. Erraba en su propia compañía, viajero inconsciente, y no se encontraba porque interiormente había perdido el camino.

    Por eso oyó una voz que le decía: " desvía tus pasos del camino de Saulo, para encontrar la fe de Pablo. Quítate la túnica de tu ceguera y revístete del Salvador (Ga 3,27)... Quise manifestar en tu carne la ceguera de tu corazón, con el fin de que puedas ver lo que no veías, y que no seas semejante a «los que tienen ojos y no ven, orejas y no oyen» (Sal. 113,5-6). Que Saulo se vuelva con sus cartas inútiles (Hch. 22,5), para que Pablo escriba sus epístolas tan necesarias. Qué Saulo, el ciego, desaparezca... para que Pablo llegue a ser la luz de los creyentes "...

    ¿Pablo, quién te transformó así? "¿Quieres saber quién hizo esto? Un hombre llamado Cristo... Ungió mis ojos y me dijo: «ve a la piscina de Siloé, lávate, y recobra la vista». Fui allá, me lavé, y ahora veo (Jn 9,11). ¿Por qué este asombro? El que me creó, me ha recreado; con el poder con que me creó, ahora me ha curado; yo había pecado, pero Él me purificó."

    Ven pues, Pablo, y deja allí al viejo Saulo, pronto vas a ver a Pedro... Ananías, toca a Saulo y danos a Pablo; deja bien lejos al perseguidor y envía a misión al predicador: los corderos no le tendrán miedo, las ovejas de Cristo se alegrarán. Toca al lobo que perseguía a Cristo, para que ahora, con Pedro, lleve a apacentar a las ovejas.

martes, 1 de noviembre de 2011

Día de Todos los Santos


“La liturgia de hoy nos invita a contemplar el amor infinito de Dios, que se refleja en la victoria de los que ya gozan de su gloria en el cielo".
(Benedicto XVI - Fiesta de todos los Santos - Noviembre 1, 2011) 

   Hoy 1 de Noviembre celebramos el día de todos los Santos. Es un día en el cual la Iglesia Católica reconoce a los "Santos del Cielo", invitandonos a gozarnos con quienes han alcanzado la bienaventuranza eterna, hombres y mujeres que vivieron una vida cristianamente ejemlar y heróica, tanto extra ordinaria como ordinariamente, siendo muchos los reconocidos formalmente por la Iglesia Católica como modelos elemplares de la vida cristiana, pero millones de muchos más, reconocidos por Dios mismo a través de su entrada al cielo.

   Todos estamos llamados a ser 'santos' y hemos sido creados para la "Gloria" eterna, lo cual consiste en estár con Dios para siempre gozando en su amor perfecto e infinito y en comunión con todos los santos del cielo.

   El camino aquí en la tierra es incomparablemente corto comparado con la vida eterna que nos tiene preparada el Señor. Pero aún así, el tiempo que vivimos en esta vida terrenal es a la vez una escuela de vida y un campo de batalla en los cuales debemos aprender y luchar  no solo por nuestro bien temporal, si no que también y con mucha más convicción y decisión, por nuestro bien eterno. Y, aunque no estamos solos en esta misión, ya que se nos da la ayuda de un ángel que nos resguarda toda nuestra vida, se nos ha dado una 'madre del cielo' que intercede por nosotros y vivimos bajo la intercesión de los santos y nuestros seres queridos, y de muchas maneras se nos dan la gracias necesarias durante nuestra vida, al final de cuentas, TODO depende de nuestras intenciones hechas obras, a través de nuestra fe, nuestra esperanza e indispensablemente de nuestro AMOR.

Asi es que...a hecharle ganas.


¿Sabías Que...?

Los católicos distinguimos tres categorías de culto:


- Latría o Adoración: Latría viene del griego latreia, que quiere decir servicio a un amo, al señor soberano. El culto de adoración es el culto interno y externo que se rinde sólo a Dios.
- Dulía o Veneración: Dulía viene del griego doulos que quiere decir servidor, servidumbre. La veneración se tributa a los siervos de Dios, los ángeles y los bienaventurados, por razón de la gracia eminente que han recibido de Dios. Este es el culto que se tributa a los santos. Nos encomendamos a ellos porque creemos en la comunión y en la intercesión de los santos, pero jamás los adoramos como a Dios. Tratamos sus imágenes con respeto, al igual que lo haríamos con la fotografía de un ser querido. No veneramos a la imagen, sino a lo que representa.
- Hiperdulía o Veneración especial: Este culto lo reservamos para la Virgen María por ser superior respecto a los santos. Con esto, reconocemos su dignidad como Madre de Dios e intercesora nuestra. Manifestamos esta veneración con la oración e imitando sus virtudes, pero no con la adoración.

domingo, 23 de octubre de 2011

Reflexion Sobre el Evangelio del XXX Domingo del Tiempo Ordinario

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en ese lugar, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba:

"Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?".

Jesús le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas". (Mateo 22; 34-40)

REFLEXION:
 
    De estos dos mandamientos depende nuestra salvación.
 
   Si nos fijamos en los Diez Mandamientos de Dios, encontraremos que los primeros tres corresponden a nuestra relación con Dios, y los otros siete para con el prójimo. Por eso Jesús nos dice al final de este Evangelio que, de amar a Dios de todo corazón, alma y espíritu, y al prójimo como a uno mismo, depende toda la Ley y los Profetas. Al decir 'la Ley' Jesús se refiere a los 'Mandamientos de Dios' y al decir 'los Profetas', se refiere a todos los 'mensajes' que Dios había mandado a 'Su pueblo' a través de los mismos profetas.
 
    Así que todo lo que hagamos en nuestra vida debe estar relacionado a estos dos mandamientos. 
 
    El amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todo el espíritu, significa amarlo con toda nuestra capacidad. La cosa es que para poder amar a alguién se necesita tratarle y conocerle. No se puede amar a quién no se conoce. El amor implica más que una atracción, un interés o un gustar. El amor exige respeto, fidelidad, entrega, sacrificio y paciencia. Podemos aprender muy bien sobre el amor basandonos en una relación de matrimonio. Para que ese matrimonio sobreviva los desafíos de la relación, tiene que haber verdadero amor y no solo sentimientos, sino también obras. El amor entre una madre y sus hijos es otro ejemplo, y no se basa solo en una relación biológica. Ser madre implica de una total entrega a los hijos, de un morir a si misma para dar vida a quienes ella ama y por quienes vive. El ser papá también implica una entrega, un darse un morir a 'mi tiempo' o 'mis cosas' y darselo a 'mis hijos'.
 
    Lo primero que debemos recordar es que Dios nos amó primero enviando a Su Hijo como 'victima' para morir por nuestros pecados (1 de Juan 4; 10) .  Y que nuestro amor a Él se basa en corresponderle por su incondicional amor e infinita bondad hacia nosotros. Nuestro amor a Dios es un amor de 'hijos' hacia un 'Padre Bueno'. Un amor que reconoce todo lo bueno que este 'Padre' ha hecho por nosotros y que se alegran por tenerlo.
    Cuando uno es pequeño, busca siempre agradar a sus padres, recibir su aprobación, cariño y aplausos. Aunque todo lo pide, también todo lo da; su confianza, fiidelidad y corazón. Y aunque no siempre se obedece, sabe reconocer quien manda, quien es la autoridad y quien lo provee todo. Su mundo es alegre. Ama porque es amado, se sabe amado y se siente amado.
De esta manera  Dios espera que le amemos; como un hijo (a) ama a sus padres. No quiere que sea para nosotros un yugo pesado, sino un placer. ¿Quién estando enamorado ha sentido el amar como un yugo? al contrario, el amor hace cualquier yugo mucho más ligero.
 
    Para 'amar al prójimo' Jesús nos ha enseñado claramente en la parabola del 'Buen Samaritano' que no debe haber distinción. Todos somos hermanos e hijos de un mismo Padre que nos ama a todos, por igual, incondicionalmente. Hay tantas maneras de amar como lo hay oportunidades para hacerlo. Cada dia y en cada momento, a diferentes personas, de diferentes maneras, a nuestros seres queridos, los más cercanos a nosotros, a nuestros amigos, compañeros de escuela, trabajo o servicio, y hasta a los extraños. 
 
"Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed y ustedes me dieron de beber. Fui forastero y ustedes me recibieron en su casa. Anduve sin ropas y me vistieron. Estuve enfermo y fueron a visitarme. Estuve en la cárcel y me fueron a ver." (Mateo 25; 35-36)
    De esto depende la Ley y los Profetas.
 
 
PREGUNTAS:
 
1. ¿Qué me impide amar a Dios como lo debo amar; más allá de los sentimientos?
 
2. ¿Qué me impide amar a mi prójimo; no al que es a todo dar y me la hace fácil, sino a aquél o aquella a quien le saco la vuelta o veo con repugnancia?
 
3. ¿Qué le digo a Dios?
 
 

sábado, 15 de octubre de 2011

Reflexión del Evangelio del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario - Mateo 22, 15-21

    Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones.

Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: "Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque tú no te fijas en la categoría de nadie.  Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?".

   Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: "Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa?  Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto". Ellos le presentaron un denario.

 Y él les preguntó: "¿De quién es esta figura y esta inscripción?". Le respondieron: "Del César". Jesús les dijo: "Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios".

   Los fariseos buscaron de muchas maneras hacer caer a Jesús en contradicción. Querían desacreditarlo ante el pueblo que lo admiraba y seguía.  (La envidia siempre provoca sentimientos de maldad hacia el prójimo).

   Pero Jesús tenía la herramienta necesaria para combatir las fuerzas de los corazones dominados por esta envidia; tenía al Espíritu Santo. Y así, de muchas maneras pudo contestar las venenosas preguntas de quienes buscaban matarlo.

   Bien les dijo Jesús a sus apóstoles, que, cuando estuvieran padeciendo ante los jueces y autoridades, 'llegada la hora, el Espíritu Santo les indicaría que decir' (Lucas 12, 11-12).

Jesús lleno del Espíritu de Dios y del conocimiento de la Palabra de Dios, siempre tuvo las 'palabras apropiadas' para responder a sus adversarios.

   En el desierto, supo responder con la 'Sabiduría de Dios' a las tentaciones del Diablo (rey de la mentira), ante los acusadores de una mujer adúltera supo responder con 'una espada de doble filo' diciendoles: "El que sea libre de pecado que arroje la primera piedra", a los que lo pusieron a prueba en lo referente al impuesto les dijo: "Den al Cesar lo que es del Cesar, y a Dios, lo que es de Dios", y ante Pilato supo callar.

Cuando 'uno' ora y lee la Palabra de Dios, suele 'uno' hablar y callar como Dios, y decir las palabras apropiadas cuando hay palabras que decir.
  
Todos hemos experimentado la tentación de hablar de más, o de aprovecharnos del hábil y ágil vocabulario que nuestro cerebro puede producir en defensa ofensiva contra quien tal vez nos ha hechado en cara una debilidad nuestra (ouch!), cayendo y cometiendo una bobada, lastimando o agrandando el problema.

Cuando pensamos con nuestros temores y nuestro egoísmo, con ellos hablamos también.

Tal vez, alguna vez hemos podido frenar la lengua y detenernos (yupi!), pero más de lo que quisiéramos nos hemos arrepentido de lo que hemos dicho o de la respuesta que hemos dado.

Para no caer tan frecuentemente en esto, se necesita la virtud de la prudencia. Así podremos hablar con la verdad y con la justicia, y con la Palabra de Dios y la inspiración del Espíritu Santo, y no con nuestras propias palabras, que a veces son como campanas que nomás resuenan.

Y así le daremos a Dios lo que es de Dios; la honra y gloria que él se merece.

Amén.